La industria del aceite de oliva es un buen ejemplo de cómo afrontar los retos de la sostenibilidad en el sector agroalimentario.
Alperujo
Cada campaña olivarera deja tras de sí toneladas de alperujo, el principal subproducto de la extracción del aceite de oliva que hay que gestionar. Desde hace décadas, las almazaras se iniciaron en el camino de la economía circular, estableciendo distintas vías de valorización del alperujo que van más allá de sólo evitar la contaminación.
Tres principales alternativas
Las tres principales alternativas de valorización de este subproducto a nivel industrial que llevan a cabo las almazaras hoy día son:
-La extracción de aceite de orujo de oliva, que se usa para cocinar, principalmente en hostelería, y que a su vez genera un subproducto, el orujillo, utilizado para producir energía.
-El compostaje, que produce fertilizante orgánico.
-La gasificación, una tecnología que permite producir energía renovable y biochar, un material útil para mejorar la calidad del suelo y retener carbono.
¿Y cuál de las tres opciones es la más sostenible? Esa es la pregunta a la que tratan de responder los investigadores David Polonio, Rubén Granado, José A. Gómez-Limón y Anastasio J. Villanueva, miembros del grupo de investigación de la Universidad de Córdoba WEARE.
Efectos ambientales, económicos y sociales
El análisis no se limita al aspecto ambiental, sino que una de las principales aportaciones de este trabajo es una metodología que evalúa de forma conjunta los efectos ambientales, económicos y sociales de cada alternativa, «respondiendo así a la pregunta del sector sobre cuál es hoy día la tecnología más sostenible que se puede elegir en una almazara para implementarla», señala Gómez-Limón.
«La metodología que hemos desarrollado abarca el análisis del ciclo de vida para evaluar el aspecto ambiental; indicadores económicos relacionados con la inversión necesaria, el riesgo económico o la rentabilidad de cada alternativa; e indicadores que muestren la importancia social de cada opción, asociados a la generación de empleo, su calidad o estacionalidad», explica David Polonio.
Es importante, recuerda Anastasio Villanueva, «la introducción de la incertidumbre: a través de técnicas estadísticas se introduce la probabilidad de cambios en el mercado de la electricidad, por ejemplo, que cambiaría la rentabilidad de una u otra opción dependiendo de la campaña».
Aplicando esta metodología de tres vertientes se obtiene un indicador compuesto de sostenibilidad global.
Aplicando esta metodología, la opción más sostenible actualmente es la extracción del aceite de orujo de oliva, que además es la más implantada en el sector. Esta alternativa es la más atractiva desde el punto de vista económico para las almazaras, ya que no requiere inversión y presenta menos riesgos.
Sin embargo, cuando se tienen en cuenta otros factores de interés ambiental y social, como la reducción de emisiones o la creación de empleo de mayor calidad, alternativas como la gasificación ofrecen ventajas claras, siguiendo muy de cerca a la extracción en el cómputo global.
El compostaje, la tercera en este ranking, destaca por su contribución al empleo rural y por sus beneficios para el suelo agrícola, aunque su rentabilidad económica es más limitada actualmente.
Una de las conclusiones, según Gómez-Limón, «es que el sector lleva mucho tiempo haciéndolo bien porque el método más sostenible es el más implementado en la actualidad».
No sólo puede quedar una
Otra de las conclusiones es que las diferencias globales entre las alternativas no son muy grandes.
Esto significa que pequeños cambios —por ejemplo, en los precios de la energía, en la demanda de fertilizantes orgánicos o en las políticas públicas— pueden inclinar la balanza hacia opciones más beneficiosas para el conjunto de la sociedad.
También hay que tener en cuenta la situación particular de cada almazara: para aquellas que estén muy alejadas de las plantas de extracción de orujo y ello les genere mucho gasto de transporte, será más rentable económicamente la opción de la gasificación.
Según muestra el trabajo, las alternativas con mayores beneficios ambientales y sociales no siempre son las más rentables para las empresas privadas.
Por ello, los autores señalan la importancia de diseñar políticas públicas que incentiven las opciones más respetuosas con el medioambiente y el empleo, mediante ayudas a la inversión, instrumentos financieros o mecanismos que reconozcan el valor social y ambiental generado.





















