¿Cuáles son los beneficios de la agricultura de conservación en la sanidad vegetal de los cultivos?

agricultura de conservación

Durante décadas, la agricultura ha tenido un objetivo claro: producir alimentos de forma rentable.

Sin embargo, el contexto actual plantea un reto añadido que ya no admite demora: producir más y mejor reduciendo el impacto ambiental, en un escenario marcado por el cambio climático, la escasez de recursos y una normativa cada vez más exigente.

Agricultura de conservación

La agricultura de conservación es un sistema de producción agrícola sostenible, basado en un conjunto de prácticas agronómicas adaptadas a las condiciones locales de cada cultivo y región, cuyo objetivo es proteger el suelo, mejorar su calidad y asegurar la viabilidad económica de las explotaciones.

Principios de la agricultura de conservación

Cobertura permanente del suelo

Mantener el suelo protegido mediante restos de cultivo (en sistemas herbáceos), cubiertas vegetales vivas o cubiertas inertes (en cultivos leñosos) reduce el impacto directo de la lluvia, disminuye el riesgo de escorrentía y erosión, modera la temperatura del suelo y favorece la actividad biológica.

Mínima alteración del suelo

Reducir o eliminar el laboreo evita la ruptura de la estructura natural del suelo, disminuye la pérdida de materia orgánica y reduce las emisiones de CO₂ asociadas al uso de maquinaria. Además, conserva la biología edáfica y la red natural de poros y galerías.

Rotación de especies en explotaciones de cultivos anuales

La diversificación de especies mejora la fertilidad, rompe ciclos de plagas y enfermedades y aumenta la resiliencia del sistema productivo frente a condiciones climáticas adversas.

El manejo continuado bajo los principios de la agricultura de conservación genera una serie de efectos sobre el suelo tales como: una reducción significativa de la erosión, un incremento progresivo de la materia orgánica, una mejora de la estructura y estabilidad de los agregados, el aumento de la biodiversidad edáfica y una mayor fertilidad y eficiencia en el uso de los nutrientes.

Reducción significativa de la erosión y una mayor protección del suelo

La cobertura del suelo —ya sea mediante restos orgánicos en herbáceos o cubiertas vegetales e inertes en leñosos— constituye un mecanismo eficaz de protección frente a la erosión. Reduce el impacto directo de las gotas de lluvia sobre el suelo desnudo, limita los procesos erosivos (erosión translaminar y formación de cárcavas) y favorece la infiltración del agua hacia capas más profundas.

Además de preservar la capa fértil, esta cobertura regula la temperatura del suelo y reduce la evaporación, lo que se traduce en plantas menos sensibles al déficit hídrico y a episodios de temperaturas extremas estivales. La estabilidad térmica e hídrica también favorece la actividad microbiana, estrechamente ligada a las condiciones de humedad y temperatura del suelo.

Desde el punto de vista sanitario, un sistema radicular menos estresado es menos susceptible a patógenos oportunistas y presenta mayor capacidad de recuperación tras situaciones adversas.

Incremento progresivo de la materia orgánica

Con el tiempo, este sistema favorece el aumento del contenido de materia orgánica. Los residuos de cosecha se descomponen de forma gradual, estimulando la actividad fúngica y microbiana del suelo.

La reducción del laboreo evita la ruptura de agregados y la oxidación acelerada de la materia orgánica, minimizando además la emisión de CO₂. La materia orgánica ejerce un efecto bioestimulante indirecto sobre la planta, mejorando las propiedades físicas, químicas y biológicas del suelo.

Actúa como agente complejante natural, facilita la disponibilidad de nutrientes y contribuye a su liberación progresiva.

Asimismo, favorece el desarrollo radicular, aumentando la capacidad de absorción de agua y nutrientes por parte de la planta. A nivel fisiológico, contribuye a mejorar la respuesta frente al estrés oxidativo por déficit hídrico, estimulando la actividad enzimática (especialmente peroxidasas), lo que refuerza la sanidad vegetal y la capacidad defensiva del cultivo.

Mejora de la estructura y estabilidad de los agregados

La eliminación o reducción de las labores permite conservar y mejorar la estructura del suelo. Se preservan los agregados naturales y aumenta la materia orgánica, manteniéndose las galerías de lombrices y los canales radiculares.

Una mejor estructura del suelo favorece la aireación, la infiltración del agua y el drenaje, reduce los problemas asociados a  la compactación o el encharcamiento. Los cultivos implantados sobre suelos bien estructurados desarrollan sistemas radiculares más profundos y funcionales, con mayor acceso a agua y nutrientes.

Desde la perspectiva fitosanitaria, un suelo estructurado reduce situaciones de asfixia radicular y limita el desarrollo de enfermedades asociadas a suelos compactados o mal aireados.

Aumento de la biodiversidad edáfica

El suelo es uno de los ecosistemas con mayor biodiversidad del planeta. En la rizosfera —zona de interacción entre raíces y suelo— se desarrollan complejas relaciones entre plantas y microorganismos.

Diversas bacterias como Rhizobium, Pseudomonas, Azospirillum, Agrobacterium, Azotobacter y Bacillus, junto con hongos micorrícicos, establecen con las plantas relaciones de simbiosis beneficiosas. Actúan como biofertilizantes, fijadores de nitrógeno, movilizadores de fósforo, biorremediadores de suelos contaminados y agentes que incrementan la tolerancia a estreses como salinidad, sequía o temperaturas extremas.

Además, una microbiota activa compite con patógenos del suelo y favorece el control biológico natural, reduciendo la presión de determinadas enfermedades radiculares. Este equilibrio biológico es una de las bases de la sanidad vegetal en los sistemas de conservación.

Estos efectos no solo benefician al medio ambiente, sino que mejoran la estabilidad productiva de las explotaciones, especialmente en un contexto de mayor irregularidad climática. La agricultura de conservación se presenta hoy como una respuesta sólida y técnicamente contrastada a los retos ambientales y productivos que afronta el sector agrario.

Sin renunciar a la rentabilidad, este sistema permite mantener —e incluso mejorar— la productividad de las explotaciones al tiempo que protege el suelo, reduce las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) y mejora la eficiencia en el uso del agua y de los recursos naturales.

En definitiva, no se trata únicamente de conservar el suelo, sino de fortalecer la sanidad de los cultivos desde la base productiva de la agricultura que es un suelo vivo y saludable.

El Ministerio de Agricultura, la Consejería de Agricultura, Ganadería, Pesca y Desarrollo Rural de la Junta de Andalucía, la Asociación Española de Agricultura de Conservación y Suelos Vivos (AEACSV), la Universidad de Córdoba (UCO), el Instituto Andaluz de Investigación y Formación Agraria, Pesquera, Alimentaria y de la Producción Ecológica (IFAPA) participan o han participado en distintos proyectos orientados hacia una agricultura de conservación desde diferentes aspectos. Proyectos como los LIFE (Innocereal, Agromitiga, Agricarbon…) y el Proyecto Cárcava son ejemplos de este interés por la agricultura de conservación.

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