El problema del secano en España no es solo la sequía estructural que ha caracterizado al país durante siglos, sino el agotamiento de un modelo productivo sostenido durante décadas, basado en el cereal extensivo de bajo valor añadido, con escasa inversión y una notable dependencia de ayudas públicas.
Esta revisión del modelo de explotación resulta aún más urgente si se tiene en cuenta que en torno a tres cuartas partes de la superficie agraria útil corresponde a secano, lo que implica una dependencia casi exclusiva de las precipitaciones en un contexto de cambio climático, aumento de temperaturas y mayor irregularidad hídrica. En estas condiciones, las explotaciones, tradicionalmente cerealistas, afrontan rendimientos limitados, una elevada exposición al clima y, en muchos casos, márgenes insuficientes para sostener su viabilidad sin apoyo público.
De este modo, lo que en un primer análisis puede parecer un problema agronómico y económico adquiere también una dimensión social y territorial, ya que en muchas comarcas de secano la falta de rentabilidad actúa como un factor directo de despoblación, debilitando el tejido productivo y social. A ello se suma que más del 40% de los titulares de explotaciones agrarias supera los 65 años, lo que pone de relieve un problema significativo de relevo generacional.
Reto del secano español
Abordar el reto del secano español, a la vista de este contexto, exigiría, desde nuestro punto de vista, una transformación progresiva del modelo que tuviese en cuenta tres elementos fundamentales. Por un lado, la adaptación agronómica de los sistemas productivos. Por otro, la mejora de la gestión para hacerla más eficiente. Y, finalmente, la adopción de una visión empresarial a largo plazo.
El primer elemento implicaría, a nuestro juicio, asumir que el secano no puede gestionarse con una lógica de mínimos. La idea de que determinados cultivos prosperan por simple rusticidad ha demostrado ser insuficiente. En su lugar, se impone la evidencia de que la rentabilidad en el secano exige técnica. Adoptar esta nueva visión, pasaría por conocer previamente el suelo y sus características, como su profundidad efectiva, su capacidad de retención hídrica y su estructura, antes de determinar los cultivos más adecuados. No hay que olvidar que una decisión errónea en la fase inicial puede comprometer la viabilidad de la explotación durante décadas.
El segundo pilar es la mejora de la eficiencia económica de las explotaciones. Durante años, una parte del sector ha operado bajo una lógica de dependencia de ayudas, necesarias en muchos casos, pero insuficientes como estrategia de futuro. El reto pasaría por construir modelos productivos capaces de generar valor por sí mismos. Esto implica profesionalizar la gestión, incorporar tecnología y tomar decisiones basadas en criterios económicos, no solo agronómicos.
En este ámbito, la diversificación desempeña un papel clave. La introducción de cultivos leñosos, la producción ecológica o la integración en cadenas de valor más amplias permiten mejorar los márgenes y reducir la exposición a la volatilidad de precios.
Un ejemplo de cómo pueden hacerse las cosas de forma diferente en el secano español es la expansión del cultivo del pistacho. En amplias zonas de Castilla-La Mancha y Castilla y León, caracterizadas por un déficit hídrico estructural, este cultivo está desplazando progresivamente al cereal tradicional debido a su mejor adaptación a estas condiciones. España supera ya las 70.000 hectáreas dedicadas a este cultivo, con un crecimiento muy significativo en la última década y proyectos cada vez más profesionalizados y orientados al mercado internacional. La experiencia acumulada demuestra que, en condiciones de secano bien gestionado, las plantaciones adultas pueden alcanzar rendimientos competitivos en el contexto global, especialmente cuando se combinan una adecuada elección varietal y una gestión técnica rigurosa.
El tercer pilar es territorial. El secano no es solo un sistema productivo, sino una pieza esencial en el equilibrio del país. Su transformación tiene implicaciones directas en el empleo, la fijación de población y la cohesión territorial. Determinadas alternativas productivas generan demanda de mano de obra cualificada, servicios técnicos y actividad empresarial asociada, lo que contribuye a dinamizar las economías locales.
Como vemos, los beneficios de abordar este reto son múltiples. Desde el punto de vista económico, permitiría mejorar la rentabilidad del sector y reducir su dependencia estructural de ayudas. En el ámbito social, contribuiría a frenar la despoblación y a generar empleo en el medio rural. Y en términos ambientales, favorecería sistemas productivos más adaptados a la escasez de agua y alineados con los objetivos de sostenibilidad.
Sin embargo, esta transformación requiere inversión, conocimiento y políticas públicas coherentes que faciliten el acceso a la financiación, incentiven la modernización de las explotaciones y refuercen la formación técnica de los agricultores. Asimismo, resulta necesario actualizar la percepción social del sector agrario, que sigue arrastrando una imagen desfasada y poco acorde con su realidad actual, lo que dificulta la atracción de talento. Se trata, además, de un sector estratégico para el futuro del país, lo que justifica impulsar iniciativas que refuercen su prestigio y visibilicen su papel en la economía y la sociedad.
En definitiva, abordar el reto del secano en la agricultura española implica revisar en profundidad el modelo de explotación que se ha seguido durante décadas. Allí donde se combinan conocimiento agronómico, gestión empresarial y visión a largo plazo, comienzan a surgir casos de éxito que demuestran que es posible construir una agricultura rentable, sostenible y competitiva incluso en condiciones de escasez hídrica.
Julián Guerrero, responsable de OMNIA pistacho y colaborador agrotécnico de VíridiHorizons e Ignacio Soler de la Azuela, director técnico de VíridiHorizons



























