Opinión. El idioma de las cenizas. Ana Plaza. ASAJA

Incendios forestales

Hay un silencio distinto en los pueblos cuando llega el invierno. No es el silencio apacible del descanso, sino el vacío de las casas con la chimenea fría y las trías por donde ya no pasa nadie. En las cocinas de antes, junto al brasero, los viejos guardaban la palabra con la misma avaricia limpia con que se guarda la simiente. No hablaban por llenar el aire. Decían barda, decían cambrón, decían solana o rozadero, y en cada uno de esos vocablos breves, duros como el canto rodado, iba contenida una cartografía exacta del monte y una forma de estar en el mundo.

Hoy, cuando julio-agosto viste de luto rabiando en llamas nuestras laderas, la televisión nos devuelve un idioma de plástico y moqueta. Nos hablan de «estrés hídrico», de «gestión de biomasa» y de «interfaces urbano-forestales». Qué manera tan cobarde y culta de no nombrar la tragedia. Qué eufemismos tan limpios para tapar la vergüenza de un monte que no se quema en verano, sino que se nos muere de abandono durante los doce meses del año.

Decía Miguel Delibes —con esa lucidez áspera de quien conoce la tierra porque la pisó hasta desgastar las botas— que al desnaturalizar el campo estábamos matando las palabras. Y tenía razón. Porque cuando desaparece el pastor que subía la majada al albor del día, no solo se pierde una boca que nombra el ramoneo: se pierde el diente de la oveja que limpiaba la broza, la pezuña que trillaba el matorral y la mano sabia que sabía por dónde cortar el fuego antes de que naciera la chispa.

Prohibimos al paisano cortar la leña que calentó a sus abuelos, retiramos al ganadero de las veredas, encarcelamos la vida rural entre sellos, burocracia y despachos con aire acondicionado, y luego nos las damos de ecologistas contemplando en la distancia cómo el fuego devora en tres horas la memoria de tres siglos. Es la soberbia del urbanita, que ama la naturaleza como si fuera un cromo o un decorado de fin de semana, pero aborrece al hombre que la mantiene viva.

Apagar los incendios no es una cuestión de satélites ni de retórica administrativa. Apagar el fuego es devolver la dignidad y el pan a quien se mancha las manos de barro. Es entender que la sostenibilidad auténtica no se firma en un protocolo de moqueta; se escribe con la sudorosa servidumbre de quien madruga para dar de comer a sus bestias, con la paciencia del labrador que espera la lluvia y con la lealtad a un lenguaje de raíz que se nos escapa entre los dedos.

Si dejamos que se pierdan los nombres de las cosas, no nos quedará más remedio que aprender a nombrar el desierto. Defender el idioma español, como pedía el maestro vallisoletano, es hoy la misma batalla que defender nuestros montes: una cuestión de amor, de dignidad y de memoria. Porque mientras quede un solo hombre en el pueblo capaz de nombrar la tierra con respeto, la tierra seguirá teniendo una oportunidad. Cuando él se calle, ya solo nos quedará el idioma de las cenizas.

Ana Plaza. ASAJA

Publicidad

Dejar una respuesta

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí