Opinión. Cambio climático y despoblamiento: ¿causa, efecto o coartada? Alberto Marcilla. Director Banca Rural Globalcaja

Alberto Marcilla

Hace unos días, en una conversación con Carlos de la Sierra, hablamos del concepto efecto o causa aplicado al cambio climático.

Y desde entonces le doy vueltas a una idea que quizá vaya más allá del clima.

Cada vez hablamos más del cambio climático como si fuera un actor con voluntad propia.

Decimos que el cambio climático seca nuestros campos, provoca incendios, reduce las cosechas, amenaza nuestros pueblos o pone en riesgo determinados cultivos. Y, de tanto repetirlo, corremos el riesgo de convertir una consecuencia en causa y un efecto en culpable.

Algo parecido sucede con el despoblamiento.

Decimos que un servicio desaparece porque no hay población, que una inversión no llega porque no hay habitantes, que una actividad deja de ser viable porque cada vez vive menos gente en nuestros pueblos.

Y probablemente sea cierto. Pero pocas veces damos la vuelta a la pregunta.

¿Hay menos servicios porque hay menos población o hay menos población porque durante años hemos ido perdiendo servicios, oportunidades, infraestructuras y actividad económica?

¿Se abandona el territorio porque está despoblado o se despuebla porque durante décadas hemos permitido que se abandone?

El clima está cambiando. Y nuestros pueblos también.

Negar cualquiera de esas dos realidades sería absurdo. Pero asumirlas como una especie de destino inevitable puede ser igual de peligroso. Porque ni el cambio climático ni el despoblamiento toman decisiones.

El cambio climático no diseña políticas energéticas, agrícolas, industriales o territoriales. El despoblamiento tampoco decide dónde se construyen infraestructuras, dónde se prestan servicios, dónde se genera empleo o qué oportunidades ofrecemos a quien quiere desarrollar su vida en un pueblo.

Todo eso lo decidimos nosotros. Nosotros somos el sujeto del predicado!!!!

Durante décadas hemos tomado decisiones que han dejado una huella sobre nuestro entorno y sobre nuestro territorio. Algunas nos han permitido progresar extraordinariamente; otras han generado desequilibrios que hoy conocemos mejor y que debemos corregir.

Y precisamente porque conocemos más, nuestra responsabilidad también es mayor.

Hay algo que me preocupa: que convirtamos determinados fenómenos en una especie de sujetos activos a los que podamos atribuir todo aquello que ocurre.

Porque cuando la consecuencia se convierte en culpable, los verdaderos responsables desaparecen del relato.

No todos los incendios pueden explicarse simplemente por el cambio climático si hemos abandonado la gestión del territorio.

No toda escasez de agua puede atribuirse únicamente al clima si no hemos planificado adecuadamente nuestros recursos.

No podemos hablar de pérdida de biodiversidad olvidando nuestras decisiones sobre el territorio.

Pero tampoco podemos justificar la desaparición de servicios, inversiones u oportunidades diciendo simplemente que nuestros pueblos pierden población.

Porque quizá deberíamos preguntarnos cuánto de esa pérdida de población es precisamente consecuencia de haber perdido antes oportunidades.

Cambio climático y despoblamiento pueden ser causas de nuevos problemas, por supuesto. Pero también son efectos de procesos mucho más complejos.

Y ahí está, quizá, la cuestión fundamental.

Una consecuencia puede convertirse después en causa.

El abandono del territorio favorece nuevos abandonos. La pérdida de población dificulta mantener servicios y la pérdida de servicios acelera la pérdida de población. Un monte que deja de gestionarse se vuelve más vulnerable al fuego y cada incendio contribuye a deteriorar todavía más el territorio.

Se generan círculos que se retroalimentan.

Por eso quizá deberíamos desconfiar de las explicaciones demasiado sencillas.

Hay una diferencia enorme entre decir «esto lo ha provocado el cambio climático» y preguntarnos «qué hemos hecho o dejado de hacer, para que, ante un clima cambiante, seamos tan vulnerables».

Como también la hay entre decir «este servicio no puede mantenerse porque el pueblo pierde población» y preguntarnos «qué necesitamos hacer para que vivir aquí siga siendo una opción».

Las primeras afirmaciones pueden conducirnos a la resignación. Las segundas nos obligan a actuar.

Y quizá ahí esté una de las claves.

Si convertimos el cambio climático o el despoblamiento en explicaciones inevitables, nosotros terminamos convirtiéndonos en espectadores.

Pero si entendemos que detrás de muchos de estos procesos existen también decisiones humanas, recuperamos algo mucho más importante: nuestra capacidad para cambiarlos.

Reducir emisiones, por supuesto. Pero también gestionar los montes, cuidar los suelos, utilizar mejor el agua, adaptar nuestros cultivos, invertir en infraestructuras, favorecer la innovación, garantizar servicios, generar actividad económica y mantener vivo el medio rural.

Porque un territorio habitado no es solamente consecuencia del desarrollo.

También es una condición para que ese desarrollo exista.

No se trata de buscar culpables. Se trata de asumir responsabilidades.

Porque probablemente uno de los mayores errores que podemos cometer sea utilizar los grandes problemas de nuestro tiempo para justificar nuestra incapacidad para resolverlos.

El clima cambia.

La población cambia.

Pero las decisiones siguen siendo nuestras.

Alberto Marcilla López. Director Banca Rural Globalcaja

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